JULIO 3 Viernes
Sólo por unos instantes, el crepúsculo baña el mar con una amplia e irreal paleta de colores.
Todo ello gracias a una extensa nubosidad sobre el horizonte que refleja sobre las aguas los tonos que el sol al despedirse deja.
Desde una cremosidad blanda y delicada inicial, poco a poco se materializa un rosa con matices azulados, un rojo fugaz luego, y todo termina en una apoteosis fucsia que lenta y finalmente se transforma en violeta.
Son apenas unos minutos, hasta que una cortina de grises crecientes cierra el espectáculo de luz y color en el agua y en el cielo.
La luna se ha asomado a mirarlo todo con una cara blanca y curiosa.
Hoy el calor fue apenas protagonista de la mitad del día. Hasta que el levante llegó decidido desde el mar, trayendo a tierra el frescor y el alivio del Mar de Alborán frente a la costa.
Ha pasado ya la tarde, soñadora y tranquila, entre la brisa marina, y la luminosidad abierta del despejado firmamento.
Agradable tiempo llena el paseo, las terrazas, la calle. Las gentes andan sin prisas, asediados por una atmósfera de felicidad que parece pasear tambien ella.
La luna todo lo observa, sabia, callada, discreta. Sonríe finalmente arrullada por el murmullo del agua en sombras.
Alguna estrella presta su luminosidad incierta a la alborozada noche que acude complacida a su cita, con ilusionados ojos negros, llenos de sueños e infinitos deseos.
© Acuario 2009
lunes, 24 de agosto de 2009
domingo, 23 de agosto de 2009
VARIACIONES SOBRE UN MISMO TEMA
Vivió años de vino y rosas.
Salió de su pequeño mundo de barrio periférico. Viajes, fiestas, regalos... Su única ocupación era estar guapa y complacer a su marido.
Su entorno cambió. Ya no estaba rodeada de parejas agobiadas por el pago de la hipoteca con un salario mínimo.
Las esposas de los amigos de su marido la acogieron y pronto supo cuáles eran los restaurantes de moda, los salones de estética que hacían milagros, los bares más chic, las tiendas de la milla de oro en que era imprescindible que la conocieran.
En poco tiempo, su agenda estaba repleta, su lista de gente conocida era interminable.
Los primeros años viajaban solos los dos; en cualquier momento su marido le podía dar una sorpresa. Así, dejó de extrañarle que cambiaran los planes para la cena, porque, a media mañana, él le dijera que esa noche viajarían a Barcelona, para cenar y asistir al Liceo.
Después, durante mucho tiempo, los viajes, las fiestas, las cenas eran de grupo. Se divertían, organizando encuentros con cualquier pretexto. Durante ese tiempo, puesto que los hombres tenían que tratar de asuntos de negocios, ellas, las esposas, iban afianzando sus lazos de amistad.
Y poco a poco, la compañía de su marido había sido sustituida por la de estas mujeres. Pero, ella no se daba cuenta entonces. Era todo tan divertido, estaba tan ocupada...
Un día, en la cafetería del club de golf, vió a su marido tomando el aperitivo acompañado de una chica jovencísima, tendría poco más de veinte años. Se acercó, sorprendida, a su mesa para saludarle.
La situación no dejó lugar a dudas. Eran amantes.
Más que dolor, sintió rabia, incredulidad. ¿Cómo podía hacerle esto a ella?
Entró en un estado prácticamente febril, obsesivo. Ella, que siempre había sido objeto del deseo de cuantos les rodeaban, no podía permitir que la humillara de esa manera y públicamente.
Pensó en cuánto se habrían reído sus amigas; porque no le quedaba la menor duda de que ellas lo sabían.
Se lo confió a su madre. Pero no encontró la respuesta que esperaba. Ella le pidió que no hiciera una montaña de un grano de arena, quiso que recapacitara sobre cómo eran los hombres, le advirtió de que no se le ocurriera echar su matrimonio por la borda por una tontería así y le recordó que ya tenía 35 años, y a esa edad...
Fue la gota que colmó el vaso.
© Ofelia 2009
Salió de su pequeño mundo de barrio periférico. Viajes, fiestas, regalos... Su única ocupación era estar guapa y complacer a su marido.
Su entorno cambió. Ya no estaba rodeada de parejas agobiadas por el pago de la hipoteca con un salario mínimo.
Las esposas de los amigos de su marido la acogieron y pronto supo cuáles eran los restaurantes de moda, los salones de estética que hacían milagros, los bares más chic, las tiendas de la milla de oro en que era imprescindible que la conocieran.
En poco tiempo, su agenda estaba repleta, su lista de gente conocida era interminable.
Los primeros años viajaban solos los dos; en cualquier momento su marido le podía dar una sorpresa. Así, dejó de extrañarle que cambiaran los planes para la cena, porque, a media mañana, él le dijera que esa noche viajarían a Barcelona, para cenar y asistir al Liceo.
Después, durante mucho tiempo, los viajes, las fiestas, las cenas eran de grupo. Se divertían, organizando encuentros con cualquier pretexto. Durante ese tiempo, puesto que los hombres tenían que tratar de asuntos de negocios, ellas, las esposas, iban afianzando sus lazos de amistad.
Y poco a poco, la compañía de su marido había sido sustituida por la de estas mujeres. Pero, ella no se daba cuenta entonces. Era todo tan divertido, estaba tan ocupada...
Un día, en la cafetería del club de golf, vió a su marido tomando el aperitivo acompañado de una chica jovencísima, tendría poco más de veinte años. Se acercó, sorprendida, a su mesa para saludarle.
La situación no dejó lugar a dudas. Eran amantes.
Más que dolor, sintió rabia, incredulidad. ¿Cómo podía hacerle esto a ella?
Entró en un estado prácticamente febril, obsesivo. Ella, que siempre había sido objeto del deseo de cuantos les rodeaban, no podía permitir que la humillara de esa manera y públicamente.
Pensó en cuánto se habrían reído sus amigas; porque no le quedaba la menor duda de que ellas lo sabían.
Se lo confió a su madre. Pero no encontró la respuesta que esperaba. Ella le pidió que no hiciera una montaña de un grano de arena, quiso que recapacitara sobre cómo eran los hombres, le advirtió de que no se le ocurriera echar su matrimonio por la borda por una tontería así y le recordó que ya tenía 35 años, y a esa edad...
Fue la gota que colmó el vaso.
© Ofelia 2009
AEROSTASIA DEL TIEMPO
Vuelta a la actividad diaria.
Pero la mañana se presenta lluviosa, y la reduzco a pasear sólo hasta los aledaños del muro en la playa, donde me espera seguro Piratilla, gata feliz, blanca y negra, protegida en un hueco del lienzo de piedras.
Contenta acude a mis silbidos, asomando la cabeza. Un poco de comida, un desayuno en su domicilio, mecido por el rumor acompasado del mar a escasos metros de su puerta abierta a todos los vientos.
Aunque, pronto el chubasco matutino cesa, poco a poco se van abriendo las nubes, menos amenazadoras ya, y el sol aprovecha los huecos que encuentra entre ellas para demostrar su maestría creando juegos de luz, en la superficie verde y gris de las aguas.
No hace frío, un ligero viento de poniente va secando los charcos, la calle.
Al mediodía el paraguas se hace un poco trasto entre las manos.
Recorro con agrado mi habitual senda vespertina y hacia la mitad de la misma llego a un pequeño jardín. El dorado albero, extendido sobre los estrechos y pequeños senderos orillados por verdes setos, con inexplicable y versátil juego muestra su facilidad para cambiar de aspecto bajo las gotas caídas del reciente aguacero matinal. Las hojas de las plantas ostentan un verde renovado y limpio, aun húmedas y brillantes todavía.
Como hace algún tiempo, días, que no lo atravieso, hay cierta expectación en la bandada de gorriones que se oculta en el pequeño parque. Unos días sin miguitas de pan hacen mas ávido e inquieto su revuelo entre las ramas. No tardan en capturar con atrevido aleteo los blancos trocitos de la hogaza que les ofrezco.
El río de la verdad va por cauces de mentiras, me susurra al oído el silencio.
¿ He de creerle ?
26 Diciembre 2007
© Acuario 2009
METAMORFOSIS DEL TIEMPO
JULIO 2 Jueves
Una sedosa luminosidad gris perla, tras un mágico azulmalva en cielo y mar, va anunciando a la noche, que se acerca calladamente y sin prisa.
Un día inusual el de hoy, lleno de servidumbres inevitables, cualquier afición las tiene. Un fallo en una electrónica, el zócalo de una lámpara, válvula termoiónica, ha perdido su correcta fijación y contacto. Como consecuencia, el filamento no arde, la válvula no amplifica.
Afortunadamente a media mañana hay reunión, en pequeño comité, de simpatizantes de los aparatos electrónicos antiguos, y a ellos acudo con mi, sniff, sniff, averíado artefacto. Hay que sustituir ese componente deteriorado, y eso es tarea fácil para un amigo alemán, antiguo pinchadiscos, hoy publicista, que ha buscado y encontrado en el sol de España el remedio recomendado para su psoriasis.
Amablemente el pesado problema personal que llevo a cuestas, los transformadores del aparato pesan lo suyo, en sus manos está camino de resolverse.
Vuelvo a mi rutina de trabajo, dentro de las horas centrales del día, que soportan como pueden las resueltas radiaciones solares. Un calor amable que no obstante eludo en la comodidad del servicio público llamado taxi.
A la caída de la tarde, regreso caminando. La serena vegetación del parque que ocupa la mitad de mi recorrido de vuelta me ofrece su agradable compañía. Arboles y plantas en media sombra, hacen más fresco el paseo, aportan una clave de silencio sabio en la que dejar descansar el curso ideativo, en la que suspender las bulliciosas ideas, sobre la que abandonar plácidamente los procesos de la mente.
Tras la sosegada y extensa muchedumbre de plantas, asomando a un lado, el puerto, entro en el barrio, ahora mecido por las últimas brisas de la tarde.
Y ésta poco a poco se va acabando finalmente, abre sus brazos a la noche, y se funde con ella en estrechas caricias de sombras, bajo la mirada del faro que señala la entrada del muelle. Un Polifemo insomne que busca como puede el lejano horizonte desaparecido y ahora ya perdido, apenas sin luces que por él naveguen, en esta nocturna victoria de la oscuridad quieta y callada.
Hoy se ha dormido bien pronto la brisa, y como no hay viento, el mar quedamente murmura, solitario y secreto, quizá algún tierno cumplido, a la vacía orilla.
© Acuario 2009
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