Dispuesta a demostrar a todo el mundo que con ella no se jugaba, pronunció su veredicto: ojo por ojo.
No le costó ningún esfuerzo.
Eligió a un ayudante de su marido, mucho más joven que él, con una carrera prometedora y que no hacía demasiado tiempo que se había integrado en el grupo de amigos. Aunque el pacto tácito entre ellos fue la discreción, era algo que no entraba en las cuentas de Susana.
Si le resultó fácil conseguir la cita pretendida, para divulgarla le bastaron un par de llamadas.
Después de hacerlas, respiró satisfecha. Ahora ya sabrían todos que nunca se dejaría humillar. Para sentirse compensada, solo le faltaba ver la cara de su marido y que se atreviera a pedirle explicaciones.
Nunca tuvo esa satisfacción. Para su sorpresa, lo único que recibió fue una notificación de demanda de divorcio; y, lo peor, antes de que se diera cuenta, se había dictado también la sentencia. Su Señoría declaraba que no procedía otorgarle a la demandada ningún bien o derecho.
Con la misma rapidez que había sido acogida por el entorno de su marido, se le cerraron las puertas.
Volvió a casa de sus padres. Pero nada era igual que antes. Lo que fueron mimos se convirtió en permanentes caras largas y reproches. Su familia desaprobaba su conducta, en especial, que hubiera dado publicidad a su aventura y, con ello, provocado el divorcio.
Para no verlos ni oírlos, pasaba el día en su habitación fingiéndose dormida y por las noches salía.
En los bares que solía frecuentar, era fácil encontrar algún viejo que, a cambio de manosearla, le pagara unas copas.
Poco a poco, la situación fue empeorando. Sus hermanos le exigieron que buscara una fuente de ingresos, ya que ellos no estaban dispuestos a hacer frente a sus gastos.
¿Qué fuente de ingresos? Preguntaba ella.
¿Acaso pretendían que buscara un trabajo en una fábrica, en un supermercado o limpiando?
¿Ella, que había tenido servicio doméstico, chófer y podía contar con secretario cada vez que lo necesitaba para organizar cualquier evento?
Con el tiempo, el número de copas que necesitaba para huir de su presente fue incrementándose. Con el tiempo, su aspecto se deterioraba a la velocidad del rayo. Con el tiempo, terminó cambiando un rato de amnesia por lo que quisieran pedirle, en bares de mala muerte.
Una mañana, al volver a casa de sus padres, en condiciones pésimas, encontró que sus hermanos le impedían el paso. Le pusieron una maleta con cuatro cosas en la mano y le advirtieron que no volviera por allí. Había manchado el nombre de la familia.
Esa mañana fue la primera vez que, exhausta, durmió en un banco del parque. Dejó la maleta en el suelo, se arrebujó en su chaqueta y cerró los párpados con fuerza y rápidamente.
Aún así, no pudo evitar que dos gruesas lágrimas rodaran por sus mejillas.
© Ofelia 2009
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lunes, 24 de agosto de 2009
domingo, 23 de agosto de 2009
VARIACIONES SOBRE UN MISMO TEMA
Vivió años de vino y rosas.
Salió de su pequeño mundo de barrio periférico. Viajes, fiestas, regalos... Su única ocupación era estar guapa y complacer a su marido.
Su entorno cambió. Ya no estaba rodeada de parejas agobiadas por el pago de la hipoteca con un salario mínimo.
Las esposas de los amigos de su marido la acogieron y pronto supo cuáles eran los restaurantes de moda, los salones de estética que hacían milagros, los bares más chic, las tiendas de la milla de oro en que era imprescindible que la conocieran.
En poco tiempo, su agenda estaba repleta, su lista de gente conocida era interminable.
Los primeros años viajaban solos los dos; en cualquier momento su marido le podía dar una sorpresa. Así, dejó de extrañarle que cambiaran los planes para la cena, porque, a media mañana, él le dijera que esa noche viajarían a Barcelona, para cenar y asistir al Liceo.
Después, durante mucho tiempo, los viajes, las fiestas, las cenas eran de grupo. Se divertían, organizando encuentros con cualquier pretexto. Durante ese tiempo, puesto que los hombres tenían que tratar de asuntos de negocios, ellas, las esposas, iban afianzando sus lazos de amistad.
Y poco a poco, la compañía de su marido había sido sustituida por la de estas mujeres. Pero, ella no se daba cuenta entonces. Era todo tan divertido, estaba tan ocupada...
Un día, en la cafetería del club de golf, vió a su marido tomando el aperitivo acompañado de una chica jovencísima, tendría poco más de veinte años. Se acercó, sorprendida, a su mesa para saludarle.
La situación no dejó lugar a dudas. Eran amantes.
Más que dolor, sintió rabia, incredulidad. ¿Cómo podía hacerle esto a ella?
Entró en un estado prácticamente febril, obsesivo. Ella, que siempre había sido objeto del deseo de cuantos les rodeaban, no podía permitir que la humillara de esa manera y públicamente.
Pensó en cuánto se habrían reído sus amigas; porque no le quedaba la menor duda de que ellas lo sabían.
Se lo confió a su madre. Pero no encontró la respuesta que esperaba. Ella le pidió que no hiciera una montaña de un grano de arena, quiso que recapacitara sobre cómo eran los hombres, le advirtió de que no se le ocurriera echar su matrimonio por la borda por una tontería así y le recordó que ya tenía 35 años, y a esa edad...
Fue la gota que colmó el vaso.
© Ofelia 2009
Salió de su pequeño mundo de barrio periférico. Viajes, fiestas, regalos... Su única ocupación era estar guapa y complacer a su marido.
Su entorno cambió. Ya no estaba rodeada de parejas agobiadas por el pago de la hipoteca con un salario mínimo.
Las esposas de los amigos de su marido la acogieron y pronto supo cuáles eran los restaurantes de moda, los salones de estética que hacían milagros, los bares más chic, las tiendas de la milla de oro en que era imprescindible que la conocieran.
En poco tiempo, su agenda estaba repleta, su lista de gente conocida era interminable.
Los primeros años viajaban solos los dos; en cualquier momento su marido le podía dar una sorpresa. Así, dejó de extrañarle que cambiaran los planes para la cena, porque, a media mañana, él le dijera que esa noche viajarían a Barcelona, para cenar y asistir al Liceo.
Después, durante mucho tiempo, los viajes, las fiestas, las cenas eran de grupo. Se divertían, organizando encuentros con cualquier pretexto. Durante ese tiempo, puesto que los hombres tenían que tratar de asuntos de negocios, ellas, las esposas, iban afianzando sus lazos de amistad.
Y poco a poco, la compañía de su marido había sido sustituida por la de estas mujeres. Pero, ella no se daba cuenta entonces. Era todo tan divertido, estaba tan ocupada...
Un día, en la cafetería del club de golf, vió a su marido tomando el aperitivo acompañado de una chica jovencísima, tendría poco más de veinte años. Se acercó, sorprendida, a su mesa para saludarle.
La situación no dejó lugar a dudas. Eran amantes.
Más que dolor, sintió rabia, incredulidad. ¿Cómo podía hacerle esto a ella?
Entró en un estado prácticamente febril, obsesivo. Ella, que siempre había sido objeto del deseo de cuantos les rodeaban, no podía permitir que la humillara de esa manera y públicamente.
Pensó en cuánto se habrían reído sus amigas; porque no le quedaba la menor duda de que ellas lo sabían.
Se lo confió a su madre. Pero no encontró la respuesta que esperaba. Ella le pidió que no hiciera una montaña de un grano de arena, quiso que recapacitara sobre cómo eran los hombres, le advirtió de que no se le ocurriera echar su matrimonio por la borda por una tontería así y le recordó que ya tenía 35 años, y a esa edad...
Fue la gota que colmó el vaso.
© Ofelia 2009
jueves, 20 de agosto de 2009
VARIACIONES SOBRE UN MISMO TEMA
Todos coinciden en que Susana se divirtió en su juventud.
Después de tontear un poco con ellos -disfrutaba viendo los hombres a sus pies- rechazó las proposiciones de cada uno de los miembros masculinos de su pandilla
-ninguno estaba a su altura, punto de vista inducido y corroborado a posteriori por su entorno, entre ellos, su madre-; y a punto estuvo de quedarse sola, porque poco a poco fueron emparejándose.
Pero, como no podía ser de otra forma, el príncipe azul se presentó en el momento oportuno.
Él era guapísimo, con mucho mundo (quince años más que ella) y sumamente distinguido. Nada más conocerlo supo que había nacido para casarse con él (opinión compartida por su madre, sin necesidad de ver lo guapo y distinguido que era; le bastó con saber que era el hijo del Concejal Presidente de la Junta de Distrito).
La boda fue fastuosa. Ella, bellísima y emocionada; él, elegante y enamorado; la madrina (esposa del concejal) desfiló hasta el altar con su hijo del brazo y los ojos empañados en lágrimas (aunque es un detalle que ayudó al lucimiento de la ceremonia, la causa de su congoja no era la alegría, sino que no había podido convencer a su hijo de que ella no lo merecía).
El progenitor del novio no se dejaba alterar por la situación: era normal que el chico bebiera los vientos por ella; estaba buenísima.
Los padres de la novia tocaban el séptimo cielo: su muñequita estaba colocada; ya podían irse tranquilos al otro mundo. Y a los hermanos parecía sentarles bien emparentar con las fuerzas vivas del lugar.
Los amigos de la pandilla no acudieron al enlace. Su ausencia no se debió a la falta de ganas de acompañar a Susana en un día tan señalado, sino a que no fueron invitados. Cualquiera hubiera hecho lo mismo, no era conveniente.
© Ofelia 2009
miércoles, 19 de agosto de 2009
VARIACIONES SOBRE UN MISMO TEMA
Mi personaje necesita, en primer lugar un nombre. Un nombre que responda a su vida y a su mirada.
Pero, pensándolo bien, es difícil que sea el adecuado tanto para su infancia como para su momento presente.
Podemos suponer que nació en los años 60, en un barrio periférico de Madrid, hija de una familia de procedencia castellana, extremeña o andaluza; de aquellas que llegaron a la capital buscando el trabajo que no conseguían en sus ciudades de origen.
Tuvo varios hermanos varones y ella, la última en nacer, fue una muñeca para todos, padres y hermanos.
Su madre eligió el nombre, después de un sinnúmero de discusiones con su marido, que quería llamarle Mercedes, en recuerdo de la abuela paterna.
No. La niña se llamaría Susana como la actriz que tanto gustaba a la madre de la criatura. Era un nombre más moderno y, además, los chicos estaban de acuerdo.
Creció entre mimos, pataletas, regañinas (pocas) por hacer novillos (muchos) y la admiración de cuantos la conocían por ser la más guapa de la clase, de la pandilla, del barrio....
También se familiarizó con las peleas. Le gustaba sentirse dueña de voluntades y que sus admiradores demostraran hasta qué punto estaban dispuestos a llegar por conseguir su atención. En más de una ocasión, durante su adolescencia, los hermanos tuvieron que acudir a la enfermería para que les dieran unos cuantos puntos, por protegerla de algún pretendiente desairado.
Sin nada que hacer -nadie esperaba que hiciera otra cosa que ser guapa-, asistió al instituto unos cuantos años, porque era el lugar de encuentro con sus amigos. Después, cuando la mayoría de los alumnos era menor que ella, lo abandonó aburrida.
© Ofelia 2009
Pero, pensándolo bien, es difícil que sea el adecuado tanto para su infancia como para su momento presente.
Podemos suponer que nació en los años 60, en un barrio periférico de Madrid, hija de una familia de procedencia castellana, extremeña o andaluza; de aquellas que llegaron a la capital buscando el trabajo que no conseguían en sus ciudades de origen.
Tuvo varios hermanos varones y ella, la última en nacer, fue una muñeca para todos, padres y hermanos.
Su madre eligió el nombre, después de un sinnúmero de discusiones con su marido, que quería llamarle Mercedes, en recuerdo de la abuela paterna.
No. La niña se llamaría Susana como la actriz que tanto gustaba a la madre de la criatura. Era un nombre más moderno y, además, los chicos estaban de acuerdo.
Creció entre mimos, pataletas, regañinas (pocas) por hacer novillos (muchos) y la admiración de cuantos la conocían por ser la más guapa de la clase, de la pandilla, del barrio....
También se familiarizó con las peleas. Le gustaba sentirse dueña de voluntades y que sus admiradores demostraran hasta qué punto estaban dispuestos a llegar por conseguir su atención. En más de una ocasión, durante su adolescencia, los hermanos tuvieron que acudir a la enfermería para que les dieran unos cuantos puntos, por protegerla de algún pretendiente desairado.
Sin nada que hacer -nadie esperaba que hiciera otra cosa que ser guapa-, asistió al instituto unos cuantos años, porque era el lugar de encuentro con sus amigos. Después, cuando la mayoría de los alumnos era menor que ella, lo abandonó aburrida.
© Ofelia 2009
martes, 18 de agosto de 2009
VARIACIONES SOBRE UN MISMO TEMA
A las 6,30 de la mañana el termómetro debía rondar los 22º. Una temperatura ideal para, tras una noche de calor, echarse la sábana por encima, darse media vuelta y seguir durmiendo.
Y eso he hecho, ni más ni menos, a pesar de las protestas del despertador.
Eran ya las 7 cuando algún fantasma amigo me ha sobresaltado, haciéndome despertar; sobresalto que ha aumentado cuando he visto la hora que era.
Una ducha rápida, un café instantáneo y sin pensarlo más, he salido corriendo hacia el ascensor.
Al llegar a la planta baja, he divisado al portero suplente que se afanaba en la limpieza de la entrada. Temiendo que su amabilidad me hiciera perder más tiempo, me he escurrido hasta la calle, ocultándome tras el quiosco exterior.
Avergonzada por la maniobra que acababa de llevar a cabo, impropia de una persona adulta, he apretado el paso calle abajo, examinando de reojo mi aspecto en las lunas de los escaparates.
Y ha sido así, reflejada en el cristal, como he vuelto a verla.
Una mujer de edad incalculable, con el pelo enmarañado, cubierta de andrajos y los labios recién pintados de un rojo violento.
Desde el domingo que la vi por primera vez, su imagen y su misterio han estado rondándome. Y, al encontrarla de nuevo, me ha venido a la memoria Pirandello.
Me he girado para mirarla de frente.
Con un gesto mitad desafiante y mitad despectivo parecía reprocharme no haber tenido en cuenta su existencia; haber pasado por alto su historia.
A lo largo de todo el día, no he podido deshacerme de su protesta y su desdén.
Finalmente, he tenido que rendirme y aceptarla como mi personaje en busca de autor.
© Ofelia 2009
Y eso he hecho, ni más ni menos, a pesar de las protestas del despertador.
Eran ya las 7 cuando algún fantasma amigo me ha sobresaltado, haciéndome despertar; sobresalto que ha aumentado cuando he visto la hora que era.
Una ducha rápida, un café instantáneo y sin pensarlo más, he salido corriendo hacia el ascensor.
Al llegar a la planta baja, he divisado al portero suplente que se afanaba en la limpieza de la entrada. Temiendo que su amabilidad me hiciera perder más tiempo, me he escurrido hasta la calle, ocultándome tras el quiosco exterior.
Avergonzada por la maniobra que acababa de llevar a cabo, impropia de una persona adulta, he apretado el paso calle abajo, examinando de reojo mi aspecto en las lunas de los escaparates.
Y ha sido así, reflejada en el cristal, como he vuelto a verla.
Una mujer de edad incalculable, con el pelo enmarañado, cubierta de andrajos y los labios recién pintados de un rojo violento.
Desde el domingo que la vi por primera vez, su imagen y su misterio han estado rondándome. Y, al encontrarla de nuevo, me ha venido a la memoria Pirandello.
Me he girado para mirarla de frente.
Con un gesto mitad desafiante y mitad despectivo parecía reprocharme no haber tenido en cuenta su existencia; haber pasado por alto su historia.
A lo largo de todo el día, no he podido deshacerme de su protesta y su desdén.
Finalmente, he tenido que rendirme y aceptarla como mi personaje en busca de autor.
© Ofelia 2009
domingo, 16 de agosto de 2009
VARIACIONES SOBRE UN MISMO TEMA
Las mañanas de verano son una delicia.
Antes de que el calor del sol haga impracticables las avenidas, el ambiente ligero y alegre, lleno de colorido, empuja a muchos a la calle. Es la única hora del día en que se puede pasear.
Según camino, voy cruzándome con una galería de personajes que despierta mi interés.
La mendiga que, arrebujada en harapos, descansa sobre un banco con los labios pintados de un rojo desgarrador.
La pareja que, cogidos de la mano, se aprovisiona de unos churros con que acompañar el café.
El muchacho que camina cabizbajo con una correa al hombro.... y el perro, un labrador retriever que, al poco, llega corriendo alegremente con la lengua fuera.
El anciano que, sentado y apoyando ambas manos en la empuñadura de su bastón, tiene la mirada perdida... en qué momento del pasado, me pregunto.
A veces me da por interpretar la mirada y los gestos de los desconocidos y con esos datos construir una historia para cada uno.
El anciano, recordándose joven, fuerte y acompañado, trata de sobrellevar el presente.
El muchacho, dándole vueltas a qué falló en la salida del sábado por la noche, ni se acuerda del perro.
La pareja, está viviendo esos dulces momentos en que la ausencia del otro impide la respiración.
Pero, la mendiga... queda grabada en mi retina y en mi pensamiento, sin que invente una historia para ella, ni el porqué de su presencia en un banco de mi calle esta mañana de domingo.
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